"No quiero la ayuda de quién me la preste por compasión, o forzada, ni los besos que ofrece el compromiso, ni la sonrisa que dan la apariencia y el disfraz, de que todo va bien."
Y la sorpresa me atrapa, me coge de imprevisto y no me suelta, de pronto esos ojos azules están ahí, en frente mía, y yo con estas pintas, me han sobresaltado de lleno.
Me paro, veo como se abalanza el mundo sobre mí vestido de negro y realmente deslumbrante para salir a tomar algo, cojo fuerzas, respiro profundo, y sé que el choque está próximo, pero ya es tarde para apartarse. Es como lanzarse al vacío, antes tienes miedo, inevitable...
No me lo esperaba. Se trata poco menos que de una violación a mi tranquilidad. Pero esa sonrisa, me es familiar, sé que no puede hacer daño, y aunque su intención es limpia, aunque su alegría asoma en cada pequeña arruga de los ojos, yo me dejo llevar por un sin fin de recuerdos que saben agridulces, y todo se vuelve frío, esa sensación previa a romper a llorar, ese tortazo que te salvaguarda de algo peor, cómo una lluvia de verano, algo extraño y nuevo para mí, que no sabría clasificar. Algo a caballo entre lo frío y lo caliente. Algo entre dos contrastes que no sabes si te hace bien, por verla y saber que todo está en orden, o mal, por verla y saber que todo está en orden sin ti, y duele. No sabes qué significa ese mar celestial que te corre por la piel y te cala, pero te moja y no eres nada, no eres nadie para impedirlo.
Se acerca y no tengo nada que hacer, en el fondo me alegro de verla, no tengo miedo, pero a la vez, joder, estoy temblando y no quiero que lo note, me ha dado más fuerte de lo que pensaba, ¿qué puedo esperar cuando se me acerque él? Tan lindo y tan cariñoso, sé que estoy desarmado, y no tengo nada con lo que defenderme ante algo tan noble y puro.
Huele a ella, y su pelo, rubio como el trigo me acaricia la barba, es gracioso notar sus rizos por el cuello, y me saltan las alarmas. Soy como esos anuncios de la televisión que para impactar ponen mil sensaciones y terminan vendiéndote uno de esos chicles, o productos que se suponen que al probarlos te provocan todas las sensaciones de las que se te hablaba. Pero no es un chicle, ni una colonia, no es nada material lo que me produce esa marea de sentimientos que me rompen y me recomponen como si fuera un cubo de Rubik. Soy yo y mis emociones, mi forma de mirarla y de añorarla. Me salía decirle que la quería, que realmente estaba hablando de amor verdadero al ver su cara y que era ternura lo que en aquel momento tenía ganas de gritar, pero no lo hice. Porque aparento fuerza en la herida que poco a poco cicatriza, porque hay cosas en la vida, que no se superan, simplemente se aprende a convivir con ellas. Se tienen en cuenta aquellos hechos que modifican nuestra persona para S-I-E-M-P-R-E y la timidez, que no va conmigo, se apodera de mí. No tiene sentido, pero es así, como la vida misma, no encuentras la explicación a todo lo que ocurre y a veces no te queda otra salida que la dialéctica Hegeliana, Marx y toda esa panda de capullos, algo así como que la realidad es un proceso en el cuál existen elementos interrelacionados entre sí. Todo se complica cuando en dicha parcela de la vida y de esta realidad, en la naturaleza al fin y al cabo, surge una contradicción que se ve superada por la negación de la misma y rematada con la intrusión de un nuevo suceso. La reflexión filosófica más parecida al dicho común de que un clavo saca a otro clavo.
Y estoy mejor de lo mío, pero ¿cómo hago para defenderme de unos ojos azules y una vida tan sincera y tan corta? Imposible. Quedo rendido ante la intromisión de nuevos, y a la vez, antiguos agentes en mis expectativas vitales y no soy más que un puzzle casi resuelto, algo así como una caos artístico. Un don de gentes con pecho para el todo pero no para sí mismo. Me martiriza la idea de pensar que no soy tan dueño de mí mismo cómo pensaba y envidio a quién es capaz de serlo. Pero entonces mi pregunta surge, ¿cuán capaces de mentirnos somos? ¿Cómo esperamos la evolución de nuestras propias máscaras y apariencias? Ante la preferencia por lo natural, personalmente no me considero capaz de cerrarme por completo en una coraza esperando a que el huracán termine arrasando, prefiero salir ahí fuera, ver esos ojos azules que tanto me marcan, y morir dignamente para, al menos, llevarme la experiencia. Después de todo, los errores y el tempo son los mejores maestros.
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