Carta blanca
Soy esa pequeña parte de ti que aún no conoces. Ese detalle insignificante que te llama la atención cuando has salido a la calle. Tu mal genio cuando algo te molesta, y tu voz alzada para denunciar eso mismo. Ese pedazo de tu libro favorito que te enamora.Soy ese olor que tanto te gusta. Ese plato que te hace la boca agua. Soy ese golpe en la mesa que destruye todo. Esa tarde tan mala, al dejar una relación con esa persona tan especial.
domingo, 22 de junio de 2014
Usuario y contraseña
lunes, 21 de abril de 2014
Sábado noche
"No quiero la ayuda de quién me la preste por compasión, o forzada, ni los besos que ofrece el compromiso, ni la sonrisa que dan la apariencia y el disfraz, de que todo va bien."
Y la sorpresa me atrapa, me coge de imprevisto y no me suelta, de pronto esos ojos azules están ahí, en frente mía, y yo con estas pintas, me han sobresaltado de lleno.
Me paro, veo como se abalanza el mundo sobre mí vestido de negro y realmente deslumbrante para salir a tomar algo, cojo fuerzas, respiro profundo, y sé que el choque está próximo, pero ya es tarde para apartarse. Es como lanzarse al vacío, antes tienes miedo, inevitable...
No me lo esperaba. Se trata poco menos que de una violación a mi tranquilidad. Pero esa sonrisa, me es familiar, sé que no puede hacer daño, y aunque su intención es limpia, aunque su alegría asoma en cada pequeña arruga de los ojos, yo me dejo llevar por un sin fin de recuerdos que saben agridulces, y todo se vuelve frío, esa sensación previa a romper a llorar, ese tortazo que te salvaguarda de algo peor, cómo una lluvia de verano, algo extraño y nuevo para mí, que no sabría clasificar. Algo a caballo entre lo frío y lo caliente. Algo entre dos contrastes que no sabes si te hace bien, por verla y saber que todo está en orden, o mal, por verla y saber que todo está en orden sin ti, y duele. No sabes qué significa ese mar celestial que te corre por la piel y te cala, pero te moja y no eres nada, no eres nadie para impedirlo.
Se acerca y no tengo nada que hacer, en el fondo me alegro de verla, no tengo miedo, pero a la vez, joder, estoy temblando y no quiero que lo note, me ha dado más fuerte de lo que pensaba, ¿qué puedo esperar cuando se me acerque él? Tan lindo y tan cariñoso, sé que estoy desarmado, y no tengo nada con lo que defenderme ante algo tan noble y puro.
Huele a ella, y su pelo, rubio como el trigo me acaricia la barba, es gracioso notar sus rizos por el cuello, y me saltan las alarmas. Soy como esos anuncios de la televisión que para impactar ponen mil sensaciones y terminan vendiéndote uno de esos chicles, o productos que se suponen que al probarlos te provocan todas las sensaciones de las que se te hablaba. Pero no es un chicle, ni una colonia, no es nada material lo que me produce esa marea de sentimientos que me rompen y me recomponen como si fuera un cubo de Rubik. Soy yo y mis emociones, mi forma de mirarla y de añorarla. Me salía decirle que la quería, que realmente estaba hablando de amor verdadero al ver su cara y que era ternura lo que en aquel momento tenía ganas de gritar, pero no lo hice. Porque aparento fuerza en la herida que poco a poco cicatriza, porque hay cosas en la vida, que no se superan, simplemente se aprende a convivir con ellas. Se tienen en cuenta aquellos hechos que modifican nuestra persona para S-I-E-M-P-R-E y la timidez, que no va conmigo, se apodera de mí. No tiene sentido, pero es así, como la vida misma, no encuentras la explicación a todo lo que ocurre y a veces no te queda otra salida que la dialéctica Hegeliana, Marx y toda esa panda de capullos, algo así como que la realidad es un proceso en el cuál existen elementos interrelacionados entre sí. Todo se complica cuando en dicha parcela de la vida y de esta realidad, en la naturaleza al fin y al cabo, surge una contradicción que se ve superada por la negación de la misma y rematada con la intrusión de un nuevo suceso. La reflexión filosófica más parecida al dicho común de que un clavo saca a otro clavo.
Y estoy mejor de lo mío, pero ¿cómo hago para defenderme de unos ojos azules y una vida tan sincera y tan corta? Imposible. Quedo rendido ante la intromisión de nuevos, y a la vez, antiguos agentes en mis expectativas vitales y no soy más que un puzzle casi resuelto, algo así como una caos artístico. Un don de gentes con pecho para el todo pero no para sí mismo. Me martiriza la idea de pensar que no soy tan dueño de mí mismo cómo pensaba y envidio a quién es capaz de serlo. Pero entonces mi pregunta surge, ¿cuán capaces de mentirnos somos? ¿Cómo esperamos la evolución de nuestras propias máscaras y apariencias? Ante la preferencia por lo natural, personalmente no me considero capaz de cerrarme por completo en una coraza esperando a que el huracán termine arrasando, prefiero salir ahí fuera, ver esos ojos azules que tanto me marcan, y morir dignamente para, al menos, llevarme la experiencia. Después de todo, los errores y el tempo son los mejores maestros.
domingo, 2 de marzo de 2014
No debería, pero...
domingo, 16 de febrero de 2014
El arte de llorar en silencio
"El cierre temporal de uno mismo debe ser un derecho obligado. Pues es preferible la paz del individuo consigo mismo y la guerra con el mundo, a deberle la vida a un mundo tan desagradecido por estar en paz con él."
Otra vez ese sabor amargo de boca que no se va con nada, otra cerveza para suavizarlo todo y disimular esa sensación tan desagradable al paladar. El diablo viste de traje de seda y zapatos italianos. Es tan solo una crítica más a mí mismo como persona supongo. La rutina se apodera de mí como quién te pide un día de la semana para echar un rato juntos. A veces me gustaría que no fuera así, por seguridad, por comodidad, por calidad de vida conmigo mismo.
Las reflexiones cada vez son más profundas y es que la sociedad a veces me irrita en el más asqueado de los sentidos. Debe ser que añoro romper los límites de lo establecido, y de esta ciudad de tanto en cuando.
¿Qué cómo vive tan tranquila? No lo sé. ¿Cómo puede mostrar alguien tan poco respeto, después de dar la vida por su persona? No lo comprendo. Supongo que estallo cada poco para mí, implosiono porque estoy hasta los huevos de ser la farmacia 24h de todo el mundo. Necesito unas vacaciones que me hagan olvidar demasiadas cosas y es ahí donde entra el arte de llorar en silencio. No entiendo tanta hipocresía social, haciendo que la persona se convierta en lo que no es. Me he fijado en un hecho, una realidad, los círculos que solía frecuentar cada vez dan más asco, porque ahora hacen aquello que una vez dijeron que no harían jamás. Ahora se relacionan con aquel/la al que no podían soportar hace no mucho tiempo. "Supongo que la gente cambia", piensa mi yo menos crítico, pero no basta, también tiene derecho a participar en el nacimiento de una opinión mi otro yo, y bueno... mejor no digo qué opina él de todos y cada uno de todos vosotros.
Será que el rencor a veces se apodera de mí, yo intento verlo como el lado más inestable y emocional de una persona hipersensible, y que guarda el daño para devolverlo con creces. Lo siento no soy perfecto y tampoco lo aparento. He preferido dejar esa faceta de vitalidad sin defectos a la marea en la que os habéis convertido. Y a veces no sé que digo.
Llevo un par de días forzando algo, para quedarme tranquilo al escribir, al igual que un orgasmo, quedar limpio. Pero forzando el mecanismo solo consigo que chirríe y quede horrible. Será porque al igual que todo arte, el arte de llorar en silencio es difícil, y como todo artista no consigo dar con la tecla esta vez. La inspiración es la responsable de los distintos cambios de la humanidad, y el arte posee una carga descomunal sobre la historia del hombre, única y escondida, como en una nebulosa. Y esta vez no aparece.
No pretendo que nadie se identifique con esto. Ésta es tan solo otra de tantas veces, que escribo por y para mí.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Cicatrizando
Las últimas cicatrices duelen el doble
Sabían a como saben los besos. Julia estaba ahí impaciente porque la volviera a besar. Y de entre sus ojos parecía brotar continuamente un pensamiento; "No dejes que esto se vaya a pique." Estaba tan cómodo como loco por coger un clavo ardiendo y las opciones no me gustaban, sin embargo Julia seguía ahí, poniéndome contra la espada y la pared. No sabía qué hacer con todo aquello. Y mi mentira seguía creciendo. Todo se venía abajo de vez en cuando y no me salía hablar de ello con nadie. Tenía mi conciencia abandonada y mi corazón en una caja de cartón, manchando.
Había vendido mi alma a la venta del tabaco y no había conseguido nada. Fue en el café de la mañana cuando no pude resistirme más y dije que no. Al cabo del tiempo escribí una carta de esas que echas bajo la puerta y te vas. Escribí dos noches seguidas y salió algo así:
lunes, 20 de enero de 2014
Una mirada
Y lo miraba, igual que se mira a los lujos, con cierto enganche.
–Quédate. –Jamás oí algo tan sincero.
–No sé si debo.
–Quédate un rato más.
–¿Qué más da un rato más? No vas a recuperar ni a mejorar nada.
–Lo sé, pero hoy estoy sensible, has elegido mal día, me apetece abrazarte y sentir cómo circula tu respiración, cómo te vibra el pecho, cómo se te eriza la piel y más que nada, ver cómo me miras.
–No, lo único que he encontrado en la memoria son recuerdos de los cuales no quiero hablar por que sus filos no están más afilados pero sí más oxidados. Tengo miedo. Te tengo miedo a ti. –No me dio tiempo. Una vez dije esto me cruzó la cara.
No quería su olor a vainilla en la cara, ni el olor de paz que embriagaba la casa, no quería nada de esa relación tóxica ni de esos labios perfectos y al mismo tiempo se estaba volviendo loco, la ambivalencia actitudinal lo estaba asfixiando y a ella parecía dolerle tanto cómo a él. No eran más que una figura difuminada. Un conjunto frágil que se había dejado descuidar por el jardinero. Y no habían reaccionado a tiempo.
A veces ocurre, y cuando se sale mal parado no se tiene plena consciencia de los daños hasta que no se hace revisión internar, una introspección en toda regla que ponga en orden el yo y el álter ego. Hasta que no aparece una nueva sonrisa que valga más que la que consiga la otra parte. Y luchar porque la próxima que conquistes sea de oro blanco.
viernes, 17 de enero de 2014
Julia no se va
Se movía por todo el salón, de un lado para otro, cruzando aquel mar de papeles. Estaba casi desnuda y las nalgas le sobresalían por encima de un "coulotte" rosa pastel que tenía un imán para mí y otro para mis ojos. A decir verdad no le quedaba bien puesto, en mi opinión en el suelo estaría mucho mejor. Pero ése no era uno de esos momentos.
Estaba indignada conmigo. Yo sin embargo, tan sólo me limitaba a mirarla, apoyado en la mesa de despacho, sentado sobre el borde con los pies cruzados en el suelo, y las manos apoyadas en el límite de la mesa, cerca del cenicero que estaba repleto de colillas de Julia, y una taza que tenía un sobre dentro, de una infusión para tranquilizarse o algo así. La enorme mesa, y la tarde estaban teñidas de gris por el cielo nublado que gritaba a voces que habría lluvia dentro de poco. Parecía que iba a romperse por el medio dejando caer un chorro de agua gigantesco, como una catarata.
En parte me gustaba y por otro lado me asfixiaba ese perfume que llevaba puesto día sí y día también, se lo regalé yo, pero Julia abusaba de él cómo si nada. Ese olor tan suyo me había cogido el gusto a mí, en lugar de yo a él, se había pegado en todos mis pantalones, y en alguna que otra camisa, cuando Julia no empezaba uno de esos momentos, con muchas ganas, sino que más bien las ganas iban apareciendo a medida que nos perdíamos con las luces apagadas.
Estaba despeinada, que era cómo más guapa estaba, nadie más sabía apreciar la belleza de su sonrisa en esa sencillez que vivía en ella, mezclada, esta vez, con toda su rabia. Con un botón abierto de una chaqueta militar de un color parecido al musgo, provocando desde lo más común y normal del mundo, ella tenía esa gracia que les faltaba a todas las demás, y que yo, antes de conocerla a ella me había cansado de buscar.
-No entiendo cómo hemos llegado a esto. -Dijo con lágrimas en los ojos, gritándome y lanzando una risa irónica al aire. -Eres gilipollas. Y no te basta con eso, sino que además has decidido plantar tu cepillo de dientes en el baño de mi cabeza. ¿Pero tú quién te crees que eres para venir y ponerme todo patas arriba? -Estuve tentado de responder pero notaba la mejilla ya marcada, y decidí callarme justo cuando ella continuó. -Tienes esa cara, tan... linda, y esa boca que tanto me gusta, pero no te soporto, eres mi peor pesadilla. -Cada vez dolían más las palabras que decía, que el guantazo en sí.
Se dio la vuelta justo cuando oí el timbre. Genial, el diablo ha llamado a mi puerta, pensé. Vi a Julia mirarme durante un segundo, con toda su rabia interna que le sobresalía por los ojos. Como si yo tuviera la culpa de que llamaran al timbre en ese momento en el que discutíamos. Se alejó camino hacia la puerta y girar en dirección hacia la entrada, oí la puerta de la calle abrirse, un "hola", un "adiós" y un portazo tremendo. Cuando quise darme cuenta Julia había vuelto al salón.
-¿No vas a decir nada? -Me gritó.
-No sé qué quieres oír. Ya te he dicho que lo siento, me he disculpado de la manera más honrada que sé y te pido que me perdones. Que no volverá a suceder.
-Bueno mira se acabó. Aquí tienes tu cepillo de dientes, yo me largo. -Y se marchó al dormitorio, oí las puertas del armario abrirse con un golpe seco.
Por fin se había marchado, necesitaba un minuto de paz, sin tenerla allí delante paseándose por el salón de un lado a otro enfadada, y poniéndome de los nervios. Me senté en la butaca antigua que miraba hacia la mesa dónde estaba apoyado, y la giré en dirección a todos aquellos papeles, fotos, y recuerdos nuestros que había escrito en el archivador que Julia había tirado al suelo, como si quisiera decirles algo, como si ellos también quisieran hablarme diciéndome; "Mira la que has liado.", así que en bajo, casi en un susurro, a ellos también les pedí perdón. Me incorporé y me tapé los ojos, estaban húmedos. Me eché el pelo hacia un lado, y cuando quise darme cuenta giré la cabeza, mirando hacía la salida del salón, al lado de la estantería donde estaban todos los libros. Allí estaba ella vestida con un pantalón vaquero y mi chaqueta color musgo.
-Te quiero. -Me dijo en voz baja. -Pero estás obsesionado, ya no eres el mismo. Y más me quiero yo.
-Te entiendo. -Mentí, si me quería realmente no podía irse. -Al menos, dame un beso de despedida, hagámoslo bien y llámame para cualquier cosa, quiero seguir viéndote, sabiendo qué tal te va, y que no topes con ningún desgraciado como yo nunca más.
-No Manuel, no. Aquí tienes tu beso, recoge las fotos y todo lo que he tirado por el suelo, porque cuando cruce esa puerta no volverás a verme más. -Dijo viniendo hacía a mí, con la maleta en la mano.
-Entonces déjame ver qué llevas en la maleta para saber si vas bien prevista para una vida sin esto a lo que nos habíamos acostumbrado tú y yo.
Me dio la maleta, y cuando la tuve lo suficientemente cerca, me levanté y la besé. Recibí otro manotazo, que resonó en toda la casa, en el mismo sitio, pero en ese momento en el que resistía la volví a besar, le mordí el labio y la abracé por debajo de la ropa con las manos heladas, la incliné y la dejé de besar. Rompió a llorar enseguida. Pensé que no diría nada y se iría, que no querría saber nada más realmente de mí, que la iba a perder de un momento a otro, que tardaría más en romper a llorar, en el ascensor tal vez, para que yo no la viese ni a ella ni a su orgullo.
-¡Me vas a volver loca, joder! -Cerré los ojos y puse lentamente mi frente junto a la suya. La senté en mis rodillas y ladeándola, la crucé por encima de los brazos de la butaca, de tal manera que parecía un bebé en mi regazo, al menos lloraba como un bebé. Le aparté el pelo de la cara a un lado y nos miramos durante apenas unos instantes. -Sabes perfectamente donde duele. ¿Por qué me has besado así?
- ¿Así cómo? -Pregunté haciéndome el loco.
-Pues así, echándome encima tu peso, desprevenida, cómo la primera vez. -Sonreí, no esperaba que se diera cuenta, pero me olvidé de que era ella, Julia muy ella tal vez, demasiado meticulosa a la hora de tratar cualquier tema que le gustase, a la hora de hacerme cosquillas o cualquier otra cosa que me hiciera sentir bien, a la hora de ser detallista, sólo había una persona por encima del término <<observador>>, ella.
- Porque te quiero. Porque no sé qué hacer sin ti y me pierdo entre las calles de un mundo que no tiene sentido recorrer sin alguien como tú a mi lado, y he buscado lo suficiente para saber que eres tú o nadie. Pero lo más importante, para quitarnos las ganas, No espero que me perdones, al menos no ahora, pero sí que me quieras y me dejes enamorarte una vez más. Al menos que te fíes de mí.
- No creo que funcione, no creo que salga bien nada de esto, pero no puedo dejar de quererte. Tu cepillo de dientes seguirá aquí toda la vida.
- Es un regalo, de corazón. Soy un crío Julia, quiéreme cómo tal. Al final tendré que darte la razón, solo nos damos cuenta de aquello que queremos cuando estamos a punto de perderlo.
- Aprendes a base de palos, pero aprendes. No dejarás que me vaya, así que no tengo otra opción, ¿verdad?
- Sí, si realmente quieres irte adelante, coge la maleta y márchate. Si encuentras a alguien que te quiera cómo te quiero yo, te pago el anillo, el vestido y la boda.
domingo, 12 de enero de 2014
Tú, te, ti, conmigo
Lo que más me jode, es haber sido el error del que aprender para que no se cometa el mismo fallo con otro.
martes, 7 de enero de 2014
El comercio de las horas perdidas
Es un buen título para un libro, pero no. Es el título de mi día de hoy. Y es por lo de siempre. A vuelto a suceder, a ocurrir, cómo queráis.
El caso es que hoy he vuelto a pensar, y me he vuelto a dar cuenta. He vuelto a caer en la cuenta de que claro, así se me pasan las horas volando, pensando qué decir en el momento exacto, toda la tarde pensando en lo mismo. Mi cabeza se divide en regiones, y cada región toma las riendas de ésta y de mí mismo cada vez que desempeño una actividad distinta. Menudo desastre más caótico.
¡Válgase la redundancia! Y la fiesta está montada, penoso. Y todo porque las horas del reloj no se esperan a que yo piense tranquilo eso, qué decir en el momento exacto, pero da igual. Da igual porque hoy he vuelto a pensar que tal vez soy un pintamonas. Me miro al espejo a las 05:00 de la mañana y veo en él a un pobre cantamañanas, irónico ¿verdad? O bochornoso, según se mire.
Sigo. Decía que da igual porque siempre se da una circunstancia más importante, ajena a mí, que resta, del 1 al 10... infinito, el valor de todo lo que tengo guardado en mi cabeza para decirle, como si fuera una chuleta en mitad de un examen.
Y visto lo visto, una y otra vez, me pongo nervioso y se me caen los papeles. Es raro que aún no haya suspendido la asignatura esta a la que habéis decidido llamar amor. Así en rojo pasión que queda como más bonito entre tanta mierda.
No vayan a creerse ustedes que ando loco, bueno sí, la verdad es que para qué engañarnos más. Pero al grano. El caso es que lo he pensado. He pensado en que tal vez deberíamos hablar menos y besar más. Pero claro, siempre existe la posibilidad de que salga esa lágrima que tanto miedo nos da. Definitivamente el ser humano no está hecho para emociones fuertes. Y con la facilidad con la que nos rompemos... cualquiera. El alma es como uno de esos castillos de naipes, y basta con un soplo de la persona en la que piensas constantemente para que se nos caiga a los pies y la lleves arrastrando todo un tiempo.
A veces me gusto como escritor, y pienso que frases como ésta me hacen crecer cómo tal.
En mi próximo cumpleaños, al soplar las velas pediré que me partan la cara, que el corazón ya me lo han roto bastantes veces, y duele. Que componga la banda sonora de mi vida, uno de estos autores bohemios del Este de Europa, nórdicos, jóvenes y melancólicos que hablan del olor del café en las mañanas, y del vino y la fragancia de su amor en las sabanas por las noches. Que me beses. Y sobre todo que el tiempo se pare mientras nos besamos. Porque la próxima gota que quiero derramar quiero que tenga el color de la palabra amor de la que hablaba antes, y no sea transparente como el resto. Como todas esas personas que dicen ser claras y luego hablan por detrás, como esas no. Al menos que la próxima sea de un color, rojo, lo tenga claro y esté orgullosa de ser cómo es.
Aprendí que no debes dar la vida por nadie. Es una pérdida tonta de algo que vale demasiado. A no poner la mano en el fuego para que alguien se divierta viendo como te quemas, jamás. Aprendí también, que nunca se marcha esa maldita tendencia a cogerle cariño a la misma piedra con la que uno tropieza tantas veces hasta que se convierte en la misma que hace que nos abramos la cabeza.
Supongo que estoy harto de saber que la gente de hoy en día no tiene ni idea de lo que quiere, y en lugar de escuchar tranquilamente a su cabeza o a su corazón, se quedan en la mitad de un camino que no los conduce a ningún lugar, porque es la lucha eterna entre razón y pasión. E intentar que ambos coordinen a veces resulta casi imposible. Mierda otra vez con la tendencia positivista, lo siento, a veces no lo puedo controlar, y sigo pensando que nada es imposible, que no hay algo que se nos escape realmente, y que seguramente por eso sigo intentando que me quiera. Por eso el casi delante de la palabra imposible. ¿Por donde iba? ¡Ah sí! Lo mucho que me hincha los huevos que la gente de hoy se pegue al móvil cuando tienes algo importante que dec... no. Esto no era. Bueno da igual, si uno no sabe lo que quiere porque decide quedarse en mitad de la cabeza y el corazón, es porque el corazón tiene las de ganar, y a la cabeza le da miedo reconocerlo.
Esa sonrisa tan pura, la que me sale cuando me entero de que hoy he conseguido enganchar a una persona más a mis historias raras, es la que me hace sentirme arropado sabiendo que al menos, aquí nada queda claro, y que por lo tanto no corro peligro. Porque a veces es tan sencillo como que solo quiero sentir un abrazo que me cubra el pecho y se me diga eso de; no pasa absolutamente nada.