Soy esa pequeña parte de ti que aún no conoces. Ese detalle insignificante que te llama la atención cuando has salido a la calle. Tu mal genio cuando algo te molesta, y tu voz alzada para denunciar eso mismo. Ese pedazo de tu libro favorito que te enamora.Soy ese olor que tanto te gusta. Ese plato que te hace la boca agua. Soy ese golpe en la mesa que destruye todo. Esa tarde tan mala, al dejar una relación con esa persona tan especial.
viernes, 17 de enero de 2014
Julia no se va
Se movía por todo el salón, de un lado para otro, cruzando aquel mar de papeles. Estaba casi desnuda y las nalgas le sobresalían por encima de un "coulotte" rosa pastel que tenía un imán para mí y otro para mis ojos. A decir verdad no le quedaba bien puesto, en mi opinión en el suelo estaría mucho mejor. Pero ése no era uno de esos momentos.
Estaba indignada conmigo. Yo sin embargo, tan sólo me limitaba a mirarla, apoyado en la mesa de despacho, sentado sobre el borde con los pies cruzados en el suelo, y las manos apoyadas en el límite de la mesa, cerca del cenicero que estaba repleto de colillas de Julia, y una taza que tenía un sobre dentro, de una infusión para tranquilizarse o algo así. La enorme mesa, y la tarde estaban teñidas de gris por el cielo nublado que gritaba a voces que habría lluvia dentro de poco. Parecía que iba a romperse por el medio dejando caer un chorro de agua gigantesco, como una catarata.
En parte me gustaba y por otro lado me asfixiaba ese perfume que llevaba puesto día sí y día también, se lo regalé yo, pero Julia abusaba de él cómo si nada. Ese olor tan suyo me había cogido el gusto a mí, en lugar de yo a él, se había pegado en todos mis pantalones, y en alguna que otra camisa, cuando Julia no empezaba uno de esos momentos, con muchas ganas, sino que más bien las ganas iban apareciendo a medida que nos perdíamos con las luces apagadas.
Estaba despeinada, que era cómo más guapa estaba, nadie más sabía apreciar la belleza de su sonrisa en esa sencillez que vivía en ella, mezclada, esta vez, con toda su rabia. Con un botón abierto de una chaqueta militar de un color parecido al musgo, provocando desde lo más común y normal del mundo, ella tenía esa gracia que les faltaba a todas las demás, y que yo, antes de conocerla a ella me había cansado de buscar.
-No entiendo cómo hemos llegado a esto. -Dijo con lágrimas en los ojos, gritándome y lanzando una risa irónica al aire. -Eres gilipollas. Y no te basta con eso, sino que además has decidido plantar tu cepillo de dientes en el baño de mi cabeza. ¿Pero tú quién te crees que eres para venir y ponerme todo patas arriba? -Estuve tentado de responder pero notaba la mejilla ya marcada, y decidí callarme justo cuando ella continuó. -Tienes esa cara, tan... linda, y esa boca que tanto me gusta, pero no te soporto, eres mi peor pesadilla. -Cada vez dolían más las palabras que decía, que el guantazo en sí.
Se dio la vuelta justo cuando oí el timbre. Genial, el diablo ha llamado a mi puerta, pensé. Vi a Julia mirarme durante un segundo, con toda su rabia interna que le sobresalía por los ojos. Como si yo tuviera la culpa de que llamaran al timbre en ese momento en el que discutíamos. Se alejó camino hacia la puerta y girar en dirección hacia la entrada, oí la puerta de la calle abrirse, un "hola", un "adiós" y un portazo tremendo. Cuando quise darme cuenta Julia había vuelto al salón.
-¿No vas a decir nada? -Me gritó.
-No sé qué quieres oír. Ya te he dicho que lo siento, me he disculpado de la manera más honrada que sé y te pido que me perdones. Que no volverá a suceder.
-Bueno mira se acabó. Aquí tienes tu cepillo de dientes, yo me largo. -Y se marchó al dormitorio, oí las puertas del armario abrirse con un golpe seco.
Por fin se había marchado, necesitaba un minuto de paz, sin tenerla allí delante paseándose por el salón de un lado a otro enfadada, y poniéndome de los nervios. Me senté en la butaca antigua que miraba hacia la mesa dónde estaba apoyado, y la giré en dirección a todos aquellos papeles, fotos, y recuerdos nuestros que había escrito en el archivador que Julia había tirado al suelo, como si quisiera decirles algo, como si ellos también quisieran hablarme diciéndome; "Mira la que has liado.", así que en bajo, casi en un susurro, a ellos también les pedí perdón. Me incorporé y me tapé los ojos, estaban húmedos. Me eché el pelo hacia un lado, y cuando quise darme cuenta giré la cabeza, mirando hacía la salida del salón, al lado de la estantería donde estaban todos los libros. Allí estaba ella vestida con un pantalón vaquero y mi chaqueta color musgo.
-Te quiero. -Me dijo en voz baja. -Pero estás obsesionado, ya no eres el mismo. Y más me quiero yo.
-Te entiendo. -Mentí, si me quería realmente no podía irse. -Al menos, dame un beso de despedida, hagámoslo bien y llámame para cualquier cosa, quiero seguir viéndote, sabiendo qué tal te va, y que no topes con ningún desgraciado como yo nunca más.
-No Manuel, no. Aquí tienes tu beso, recoge las fotos y todo lo que he tirado por el suelo, porque cuando cruce esa puerta no volverás a verme más. -Dijo viniendo hacía a mí, con la maleta en la mano.
-Entonces déjame ver qué llevas en la maleta para saber si vas bien prevista para una vida sin esto a lo que nos habíamos acostumbrado tú y yo.
Me dio la maleta, y cuando la tuve lo suficientemente cerca, me levanté y la besé. Recibí otro manotazo, que resonó en toda la casa, en el mismo sitio, pero en ese momento en el que resistía la volví a besar, le mordí el labio y la abracé por debajo de la ropa con las manos heladas, la incliné y la dejé de besar. Rompió a llorar enseguida. Pensé que no diría nada y se iría, que no querría saber nada más realmente de mí, que la iba a perder de un momento a otro, que tardaría más en romper a llorar, en el ascensor tal vez, para que yo no la viese ni a ella ni a su orgullo.
-¡Me vas a volver loca, joder! -Cerré los ojos y puse lentamente mi frente junto a la suya. La senté en mis rodillas y ladeándola, la crucé por encima de los brazos de la butaca, de tal manera que parecía un bebé en mi regazo, al menos lloraba como un bebé. Le aparté el pelo de la cara a un lado y nos miramos durante apenas unos instantes. -Sabes perfectamente donde duele. ¿Por qué me has besado así?
- ¿Así cómo? -Pregunté haciéndome el loco.
-Pues así, echándome encima tu peso, desprevenida, cómo la primera vez. -Sonreí, no esperaba que se diera cuenta, pero me olvidé de que era ella, Julia muy ella tal vez, demasiado meticulosa a la hora de tratar cualquier tema que le gustase, a la hora de hacerme cosquillas o cualquier otra cosa que me hiciera sentir bien, a la hora de ser detallista, sólo había una persona por encima del término <<observador>>, ella.
- Porque te quiero. Porque no sé qué hacer sin ti y me pierdo entre las calles de un mundo que no tiene sentido recorrer sin alguien como tú a mi lado, y he buscado lo suficiente para saber que eres tú o nadie. Pero lo más importante, para quitarnos las ganas, No espero que me perdones, al menos no ahora, pero sí que me quieras y me dejes enamorarte una vez más. Al menos que te fíes de mí.
- No creo que funcione, no creo que salga bien nada de esto, pero no puedo dejar de quererte. Tu cepillo de dientes seguirá aquí toda la vida.
- Es un regalo, de corazón. Soy un crío Julia, quiéreme cómo tal. Al final tendré que darte la razón, solo nos damos cuenta de aquello que queremos cuando estamos a punto de perderlo.
- Aprendes a base de palos, pero aprendes. No dejarás que me vaya, así que no tengo otra opción, ¿verdad?
- Sí, si realmente quieres irte adelante, coge la maleta y márchate. Si encuentras a alguien que te quiera cómo te quiero yo, te pago el anillo, el vestido y la boda.
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