lunes, 20 de enero de 2014

Una mirada

     Y lo miraba, igual que se mira a los lujos, con cierto enganche.

     –Quédate. –Jamás oí algo tan sincero.

     –No sé si debo.

     –Quédate un rato más.

     –¿Qué más da un rato más? No vas a recuperar ni a mejorar nada. 

     –Lo sé, pero hoy estoy sensible, has elegido mal día, me apetece abrazarte y sentir cómo circula tu respiración, cómo te vibra el pecho, cómo se te eriza la piel y más que nada, ver cómo me miras.

     –No, lo único que he encontrado en la memoria son recuerdos de los cuales no quiero hablar por que sus filos no están más afilados pero sí más oxidados. Tengo miedo. Te tengo miedo a ti. –No me dio tiempo. Una vez dije esto me cruzó la cara. 


     No quería su olor a vainilla en la cara, ni el olor de paz que embriagaba la casa, no quería nada de esa relación tóxica ni de esos labios perfectos y al mismo tiempo se estaba volviendo loco, la ambivalencia actitudinal lo estaba asfixiando y a ella parecía dolerle tanto cómo a él. No eran más que una figura difuminada. Un conjunto frágil que se había dejado descuidar por el jardinero. Y no habían reaccionado a tiempo. 


     A veces ocurre, y cuando se sale mal parado no se tiene plena consciencia de los daños hasta que no se hace revisión internar, una introspección en toda regla que ponga en orden el yo y el álter ego. Hasta que no aparece una nueva sonrisa que valga más que la que consiga la otra parte. Y luchar porque la próxima que conquistes sea de oro blanco.

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