¡Maldita sea! Hoy vuelve a ser tarde, tanto que hasta parece temprano, el reloj marca las 07:36 y tú aquí, estúpido y vulnerable a los recuerdos que hacen unas horas surgieron al ver que la fiesta comenzaba y esa persona que tanto echas en falta, no estaba a tu lado para besarte como había hecho otras muchas veces.
Recuerdos, solo son recuerdos al fin y al cabo. Pero he aprendido que los recuerdos pueden matar. Que pueden hacer que te ahogues en tus lágrimas y se frustren tus alegrías, que hagan de tus penas, la sensación más amarga…
Valioso el poder de los recuerdos. Recuerdos que has intentado empañar con ese aliño de alcohol que le echas a tu refresco.
¡Lástima que ahora no haya la posibilidad de ausentar esos recuerdos de tu cabeza! Echarlos como si de un intruso en tu casa se tratase, y a punta de pistola lo hicieras desfilar hasta salir de tu salón.
Supongo que será porque estás en tu cama tumbado, y que ahí es donde más cómodo se está, junto con los sofás de tu salón. Donde seguramente se encuentren cómodamente esos recuerdos tan profundos y, ¿violentos?
Y es que supongo que la solución no se trata de expulsarlos, al fin y al cabo son invitados, y tendré que servirles algo. De modo que tendré, más bien que aprender a convivir con ellos, hasta que deseen por voluntad propia marcharse, si es que algún día tienen pensado hacerlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario