SONRIsa
Hoy el tiempo me sabe a desperdicio. A esa sensación insana de los miércoles. A ese tiempo desaprovechado en el que tú y yo no somos nada. Pero aún así, no me quejo. No me quejo ni más ni menos porque sé que sigo vivo, y que en lugar de recitar, como en Casablanca, eso de que "Siempre nos quedará París", a mí me reconforta eso de que "Siempre me quedarás tú", o eso otro de que "Siempre me quedará sonreír".Recuerdo que hoy me apunté en el corazón, en esa parte del corazón donde también se llora, esa frase que me dijo un amigo, una de esas personas que están en las buenas y en las malas; "Yo también he visto el borde del fin del mundo, y aquí estoy para contarlo"
Me sabe bien que la mermelada de fresa no sepa a esa sensación insana de los miércoles de la que te hablaba antes, ni a esas lágrimas saladas que siempre se me quedan en las pestañas de los ojos, pestañas que tantas veces has besado para decirme con un silencio, que ya era hora de dormir.
Voy a por una botella de agua fría, y la castigo hasta vaciarla, y le digo a mi pequeña que LA QUIERO, porque sé que "Madrid" me resolverá mis problemas.
Y sé que me hará desesperar hasta hacerme olvidar de como tenías hoy el pelo, y cada uno de tus lunares.
Y pensar que esto no son más que los despojos de alguien que quiso alegrar a otro alguien antes de irse a dormir, y mezclarlo con lo que hoy escupe su pecho... Da gusto saber que al menos tendrá una lectura. Que al menos sonreirás al leer esta frase que ahora mismo escribo frente a la pantalla, porque va para ti. "Sonreír ; Acción de reír sin emitir sonido alguno" Y el diccionario se equivoca. Se olvida de esa parte en la que arrancamos a sonreír y previamente tenemos que colocar nuestro corazón, limpiarlo de polvo y rotos, coserlo, y sonreír. Todo eso en menos de una fracción de segundo. Por eso me apasiona tanto el pecho de una persona, y no por sus curvas. Por eso odio tanto ese humo que entra hasta lo más profundo de éste, y arranca un poco de vitalidad en cada calada.
Soy de esas personas, que se enamora de la sonrisa de la gente, al igual que tú que me lees ahora mismo, si no habrías dejado de leer en la segunda línea, porque en Internet hay millones de cosas mejores que los sentimientos apaleados de alguien que escribe por amor a cada pensamiento que le surge del fondo del estómago.
Benditas tus cosquillas. Que no se me han olvidado, y sigo notando cada una de tus uñas clavándose, suave y delicadamente hasta lo más profundo de mi cráneo. Rozando cada pálpito de mi mandíbula desencajada, que retomaba la postura tras cada zarandeo de tus dedos al bajar por la nuca hasta mi cuello, y rozando los límites con mis hombros y espalda. Bravo por tus besos. Que me hacían olvidar las noches como las de hoy, los malos tragos y cada una de las horas que había pasado en el aula esperando a que llegara el viernes, y pasara esa sensación nauseabunda de los lunes, para poder verte a toda prisa y corriendo. Que me hacían llorar como el crío que hoy y siempre seré, cuando las cosas iban mal y nos arrepentíamos, que me hacían libre como las piedras que los niños lanzan al aire con su tirachinas. Gracias por tu colonia. Porque se quedaba en mi cerebro guardada, y en la manta de la cama, en cada una de las camisetas que te dejé, y en las prendas que hoy quiero que sigas teniendo. Y que me recordaba y recuerda a cuando salgo a la calle y huele a tierra mojada, a pan recién hecho, o a cualquiera de esos olores que me da la vida. ¡Por qué me daba la vida olisquear tu aroma! Como un perro hambriento encuentra en la calle un trozo de pan. Tu fragancia. Pequeña tu esencia. Pero intensa, como un grano de café puro. Como el cacao cuando se deja tostando al sol. Como esas gotas de alcohol que te caen en la comisura del labio, justo donde el frío te ha roto la piel y tienes una herida. Debe ser por tu esencia, eso de que en los distintos hemisferios el agua gire en un sentido u otro.
Y me callo, como aquel o aquella que para la lluvia de esa tarde de verano en la que el sol se oculta tras una lona gris, color cemento, no quiero que nadie crea que esto son mis adorno de un postre que no te quisiste terminar. ¡Por favor! Menuda patraña y mentira eso de que has de cuidarte de quien sabe escribir porque tiene el poder de enamorarte sin siquiera tocarte. Aunque reniegue de escribirte tan siquiera una línea más, no me creo que pueda enamorarme de quien no puede besarme, y marcar una huella en el corazón. Que los amigos amigos son, y que el amor perdura como el color verde en Irlanda. Que el color de tu mochila de cuero se me ha pegado a la retina como la vista desde tu balcón, o aquella noche que bajaste en pijama, y no se me ha olvidado desde que te he visto.
Por una sonrisa tuya, que no tiene nada con lo que compararse, y por eso termino aquí mi escritura, para decir que ese lunar, sigue siendo mío, aunque al mundo y a ti no os guste.
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