De vuelta
La vidriera que daba al balcón, rozó con el soporte blanco del marco, y el roce hizo sonar un chirrido metálico y desagradable cuando la hice echarse a un lado, apartándola con la mano para poder salir yo.
La noche estaba tranquila bajo la mirada de sus ojos empañados en una tela transparente, una fina película que se replegaba por todos sus ojos, por haber llorado.
En el cielo, un par de pequeñas nubes asomaban por encima de nuestras cabezas, avanzando sin detenerse hacia la Luna, que estaba partida a la mitad como si fuera una D mayúscula.
No había nadie en la calle, en todo el barrio, excepto algún rezagado, alguna que otra pareja de enamorados, o de amigos que entraban en sus respectivas casas tras una noche de fiesta, con motivos de que pronto era Nochebuena, incluso se podía ver algún que otro gato husmeando entre las cajas de basura que se apilaban cerca de los contenedores, en busca de comida.
Me junté, me aproximé a ella todo lo que pude, y aunque estábamos en el balcón, al aire libre, el humo de su cigarrillo se concentraba en esos metros en los que nosotros estábamos.
-Toma. – Le dije, y la arropé con la manta.- Bonita noche, ¿verdad? -En ese momento dejó caer aquel pequeño tubo blanco, que estaba entre sus dedos, matándola a cada calada, la manta se le resbaló por el hombro, se dio la vuelta, dando la espalda a la barandilla del balcón en la que estaba apoyada y me abrazó. Al parecer no había sentido que yo la acompañaba desde hacía unos segundos, desde que había abierto aquel ventanal blanco. El shock y la repentina sensación de notar sus brazos en mi cansada espalda me llevó a abrazarla con la misma fuerza. -Tranquila amor mío, ya estoy aquí. –Le dije.
Tras unos segundos de pausa y de inmovilidad me soltó, pensando que me hacía daño, que se haría daño a sí misma si me abrazaba si se ilusionaba conmigo de nuevo, al menos su cara fue casi de arrepentimiento, recogió la manta del suelo y se la volvió a poner por encima.
Miré el termostato de la calle, y marcaba los tres grados que hacía a las dos de la madrugada de un sábado de diciembre. Los mismos tres grados que poco a poco apagaban aquel cigarro que había caído al suelo de la calle desde nuestro balcón.
Sus mejillas estaban rojas, más la izquierda que la derecha, y en primera línea, en aquella parte de su cara, relucía y saltaba a la vista aquel precioso lunar, tan discreto y a la vez tan llamativo como siempre. Me fijé un poco más en sus carrillos, y en el color vino que se escondía tras la piel, la sangre que se acumulaba en ellos para intentar acalorarlos, pero las lágrimas que había derramado y el frío que hacía fuera no dejaban a ese líquido rojo pasión cumplir su tarea.
Sus ojos, llorosos, brillaban de la misma manera que los estanques que le envié en una postal desde el hotel, en el que me encontraba, allí, en el extranjero, con el reflejo de las luces de la ciudad.
La abracé de nuevo, solo que ahora lo hice con mucho más cariño, y en lugar de hacerlo cara a cara la abracé por detrás, arrimándola a mí por los hombros y aterrizando mis manos en su vientre y nos arrinconamos en una esquina del balcón, echamos a un lado el tendedero con sus sostenes y mi ropa interior, el chándal suyo marrón y el mío negro, mojados aún por la colada de esa tarde y le hice ver la avenida, paralizada y a la vez iluminada de mil farolas doradas que brillaban permanentemente al unísono, enfiladas en dos líneas rectas, paralelas una fila a la otra, a cada lado de la carretera, justo al pie del bordillo de la acera. Mil colores de los adornos navideños que unían una farola con su pareja de la acera de enfrente, coloreaban la avenida de una gama parecida a la del arcoíris, que además se reflejaba en el frío asfalto mojado por la llovizna de ese día, que junto con los tonos del oro de las lámparas de la calle, daban tonos alegres a los coches estáticos que aguantaban la helada nocturna.
-¿Manu, tú me quieres?
-Claro.
-¿Cuánto?
-¿Sabes que la Luna ofrece siempre la misma cara a la Tierra?
-No.
- Desde el primer día de su existencia, siempre, ha mostrado y muestra el mismo lado a la Tierra.
-Venga idiota, dime, ¿cuánto?
-Te quiero lo mismo que el primer día. Cómo la Luna.
-¿Y cuánto es eso? Para yo aclararme, más o menos.
-¿Sabes que las estrellas se alejan de la Tierra kilómetros, y kilómetros a lo largo de los meses? Millones de kilómetros, infinidad de ellos, no sabría decirte cuántos.
-No.
-Pues ya lo sabes.
-¿Y qué tiene que ver eso con lo que yo te he preguntado? Venga imbécil, dime... ¿y cuánto es eso? ¿Cuánto era el primer día? Es decir, ¿cuánto me quieres hoy, ahora mismo?
-No sabría decirte cuánto. Cómo las estrellas.
Me encantó ese beso en la mejilla, que me dio tras esta última frase. Y sonreír, que bonita estaba al sonreír, pues su sonrisa, hizo contraste emocional, con aquellos ojos colorados, hinchados y llorosos, y aquellas marcas debajo de los párpados, que mostraban claramente que había llorado. Sonrió una vez más entre mis brazos y el muro del balcón que le llegaba por debajo del pecho. Le acaricié la nuca recogiéndola por el cuello, la besé fuertemente en la cabeza y le levanté la vista. Y lo único que se le ocurrió decir, fue:
-¡Qué manos tan calentitas!
-Mema.
-¿Encima?
-Sí encima, y debajo, donde la Luna, o donde las estrellas, en el balcón o ahí dentro en el brasero, viendo una película juntos comiendo palomitas con mantequilla. Te acaricio, ¿y lo único que sabes decir es, "¡Qué manos tan calentitas!"? -Dije, reproduciendo esto último con tono burlón. -No sé cómo lo haces, pero no cambia esa facilidad tuya para romper los momentos bonitos, ni aunque haya estado fuera. -Una nueva lágrima cayó de sus ojos. Aquella lágrima representaba físicamente todo el dolor que llevaba dentro, todo el dolor que le había producido yo al decirle aquello. Al haberme comportado así con ella, y lo entendí, fue entonces cuando lo entendí.
Fue aquella lágrima, que saltó desde la pestaña hasta la mejilla, parándose en el espacio mientras caía, ralentizando la caída, la que la mató un poco más por dentro, y nada más rozar su cara la limpié. Pues no quería que aquella gotita, que no era tan insignificante, e indefensa como las demás, estuviera más tiempo junto a ella. -¿No sabes ya que es de broma? – Le dije al oído. Intentando perdonarme a mí mismo por verme ahora desde fuera, mirando atrás y viendo lo que había conseguido con mis decisiones y actos.
-Sí. -Mentira, nunca había sabido mentir, y ese sí no guardaba ni un ápice de sinceridad, estaba dolida y yo lo sabía. -Pero hoy estoy muy sensible.
-¿Qué te ocurre? Nada saldrá mal, ya estoy aquí y no volveré a irme.
-Eso es lo que me da miedo, y lo que me hace estar sensible hoy.
-He vuelto hoy, esta mañana, ¿y así te lo tomas? ¿Llorando y despertándote a las dos menos diez de la mañana para fumar un cigarrillo en vez de coger fuerzas para el día que nos espera mañana junto a Inés y los demás?
-Sabes que no he dormido, lo sabes, sabes que me he quedado mirándote cómo dormías hasta que no he podido más y por no despertarte a besos me he venido aquí fuera.
-Lo hubieras hecho.
-¿El qué? –Preguntó, a pesar de saber muy bien de lo que estábamos hablando.
-Despertarme a besos. Me encanta, y eso tú también lo sabes.
-Estabas cansado tras el viaje.
-Para ti no, nunca.
-Para mí sí, muchas veces.
Me había fulminado, y a pesar de que eran duras sus palabras, no podía reprochar nada, tenía razón. Ella también había tenido fallos, pero siempre había olvidado que era normal que tuviera fallos, era humana. Tenía derecho a equivocarse.
Sin embargo, había algo, una sensación inexplicable en el ambiente, que solo ella y yo entendíamos, esa especie de tensión entre dos personas que no se ha terminado de resolver. Esa especie de nube que nos rodeaba en la que Julia, todavía desconfiaba de mí. Era como una cría, a la que se le había prometido no quemarse si tocaba el fuego, y desde entonces no se fiaba de aquel éter llameante, ni de nada que tuviera que ver con él, y odiaba los camiones rojos, las sirenas y los bomberos. Al fin y al cabo todos aquellos elementos giraban en torno a algo, tenían algo en común, el fuego. Fuego que una vez dañó a Julia, y ahora no quería saber nada de él.
No supe bien qué decir, ni ella. Solo quería que terminara de reñirme, que se quedara tranquila y vacía, que no se guardara nada y me dejara enamorarla otra vez. Pero era complicado, y por miedo a estropearlo me quedé callado. De hecho estaba tan callado que no se separó de mí, y lo interpreté como un pequeño haz de luz, una pequeña y remota posibilidad que no debería desperdiciar. Aunque Julia no me hubiera dicho verbalmente que me perdonaba, que todo estaba bien, que tenía vía libre para sorprenderla... después de todo eso sería mentir. Mentirme a mí porque se estaría mintiendo a ella misma, no me había perdonado.
Sin embargo, seguíamos tan pegados uno al otro que casi no nos hacía falta la manta, que nos dábamos calor mutuamente. La levanté en peso un poco, y quité sus pies del suelo, para ponerlos encima de mis zapatillas.
-No tienes calcetines Julia.
-Ya.
-Enfermarás y no podremos aprovechar algunos días. -En seguida me quitó las zapatillas de andar por casa y se las puso quedándome a mí en calcetines blancos encima del frío suelo. -No hemos solucionado el problema ahora me enfriaré yo.
-Ya. Pero a mí me gusta cuidarte y si estás enfermo, mañana no iremos con Inés y los demás. Solo pido un poquito de ti para mí, quitarte la fiebre que te pueda dar y dormir contigo acurrucados para que mantengas el calor, levantarte y darte un buen vaso de leche de esos calentitos con miel, y volver a sentarnos en el brasero viendo una película pero esta vez con un buen pedazo de tarta que hay en el frigo.
-Pides para mañana algo que podremos hacer cualquier otro día en todo este tiempo. Pides para mañana cambiar los planes con los chicos. Ellos quieren verme y yo a ellos también.
-Lo sé, pero el día de hoy me ha sabido a poco tras tanto tiempo fuera, sin tenerte, mañana quiero tiempo para nosotros solos.
–Está bien, caprichosa. -Mentira de nuevo, no venía a cuento lo de "caprichosa". Julia pedía lo que quería. La llamé así para picarla, pero no resultó. Yo estaba encantado de que me pidiera eso. Estaba deseando tener tiempo para nosotros después de lo ocurrido. Al fin y al cabo, la falta de tiempo para disfrutarnos había sido una de las causas por las que...
Yo siempre había pospuesto a la chica a varias cosas que podían esperar, y ahora lo veía con más claridad.
-He pedido que estuvieras bien, mientras estabas fuera de casa, he pedido que no te pasará nada malo, y he pedido que estas cosas solo las hicieras conmigo. Te he pedido a ti por Navidad.
-Pues aquí me tienes.
-Aquí te tengo.
Le tapé los ojitos, con la mano, aquellos, preciosos caramelos, de color marrón chocolate, de los que estaba enamorado, y la llevé a la cama, sin ver nada. Una vez allí, apagué la luz, me metí con ella entre las mantas y el colchón, y la abracé hasta caer en un profundo sueño.
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