miércoles, 11 de diciembre de 2013

Así mismo va bien.



      Ha salido en la televisión, tal vez te has enterado por la radio, o lo habrás visto en alguno de esos carteles enormes de publicidad que hay a lo largo del viaje en la carretera, los grandes centros comerciales han vuelto a reírse de nosotros, de nuestro lado más caritativo y entrañable. Otro año más, ya está aquí.
   
      Esto se ha vuelto casi una costumbre, me gusta haber recuperado parte de mí, la facilidad para volver a escribir. No tengo ganas de volver a aspirar todo ese humo que tanto daño me produce y eso que no fumo. Son solo las últimas lamentaciones del año que quieren salir y se agolpan en la puerta de mis dedos.
      No tiene ningún sentido volver a desear. No quiero más "ojalá" en mi vida. No más volver a lucir mi mejor sonrisa para quién no la merece. No más preocupaciones, y tampoco más arrepentimientos, noto que se me escapa el presente. No pienso volver a perder el tiempo en intentar sentirme bien si el cuerpo me pide llorar, si algo se rompe dentro y tengo ganas de explotar, con toda la metralla que eso incluya, y que se prepare quien esté a mi lado. Vienen tiempos muy feos para mi pecho.

     Me he casado con la desdicha, he gritado a pleno pulmón en la catedral, y ahora me arrepiento; "¡Sí, quiero!". Ya lo decía esa nube gris a la que conseguí dejar atrás hace tiempo; "No te irás muy lejos", y hoy solo espero que los Reyes Magos me traigan un as para guardarme bajo la manga, o un poco más de paciencia y autoestima, que la tengo muy descuidada.

      Escribo separado porque así cuesta menos, y cuenta más. Las frases estrella suelo guardarla, o esconderla, pero hoy no me apetece, porque me siento tonto, otra vez más cuando miro al lado, y veo, tan solo a unos centímetros, que he vuelto a pecar de imbécil y confiado, que otra vez viajé para traerme un pedazo del tiempo de recuerdo con la intención de regalarlo y que ni tan siquiera me han recibido. A veces me encantaría poder arrebatarme esa parte de la cabeza donde se guardan ciertos recuerdos, para luego no llevarme desilusiones tan grandes. Y es que es cierto; vivo en una nube, un soplo de aire, que no me da más que para rematar el asfalto con mis rodillas, peladas ya del frío y de las veces que he dejado que llegaran a aterrizar de la manera más forzosa.
     No espero que lo entienda, ni que lo entiendas, ni que lo entendáis, hace tiempo que escribo porque no me apetece plantarme frente al espejo para ver como se me rompe el alma en pedazos. Y entonces surge de entre los locos uno que grita: "Nosotros, al igual que los fuertes, también queremos poder llorar tranquilos." Y el mundo se para, se calla. Y acto seguido, tan solo un instante después, vuelve a murmurar, sin hacer caso de lo que alguien ha dicho.
     La estupidez humana no tiene límites, pues yo soy la prueba de ello. Pierdo todas las horas de todos los días de la semana, en causas perdidas. Y creo que lo lamentaré el día menos pensado de la manera menos agradable que podáis imaginar. Pierdo la vida en el negocio de la droga, o del amor, como vosotros prefiráis llamarlo, a fin de cuentas, descubriréis que es lo mismo.

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