lunes, 2 de diciembre de 2013

Soufflé



     Hoy me he dado cuenta de qué me ocurre por fin. Ese lastre, nuevo, que llevo conmigo desde hace no mucho. Irónico, lo sé.
     
     Pero lo cierto es que, por lo que he leído en los libros que tengo por casa, esos que nunca antes has leído por pereza o  falta de interés, estoy harto de los domingos. Es raro, ni yo mismo lo entiendo, sin embargo supongo que por ello nunca me sentí excesivamente creyente. Vaya dieciocho años de mi vida tan mal gestionados. Ahora mismo me siento estafado. Y si pudiera le exigiría al responsable que me devolviese todo ese tiempo que malgasté en catequesis, educación religiosa escolar, misas, y una larga lista con la que no me apetece esmerarme más que hasta este punto. Lo único que me queda es resentirme y asumir que no existe ese personaje responsable del que hablo.

    No me gustan los domingos


    Y lo cierto es que no he dicho nada nuevo, solo quería romper con la monótona estructura, y resaltar mi afirmación. El caso es que creo que no me gustan por una razón bien sencilla. ¿Saben esas situaciones de la vida en la que te esperas, quieto y sin respirar mucho, para no romper nada de lo que te rodea (por eso del efecto mariposa) y terminar estropeando todo lo que te importa, y simplemente deseas con muchas muchas ganas que ocurra por lo que llevas todo ese tiempo quieto? Ese soy yo cada domingo. O era, ahora mismo no sabría decirles. 
     Ocurre que cada domingo del mes, por pocos que éste tenga, me quedo inmóvil y sin alterar mi agenda para ese día, por si acaso, un rayo de luz se cierne iluminándome en señal de que será mi día de suerte, pero ese rayo de luz tan divino del que les hablo se termina convirtiendo en la simple y desinteresada luz que irradia la pobre bombilla de mi cuarto cuando llegan las nueve de la noche. Y como era de esperar, todo ser viviente tiene su límite.
     Creo que es hora de frenar en seco algunos aspectos de mi vida. Aún que a decir verdad, me he esmerado tanto con que la introducción de la entrada fuera amena, como en esas películas en las que se hace una "voz en off" del protagonista narrando su propia mañana que he olvidado la frase para cerrar este texto.
     Por otro lado y volviendo al asunto en cuestión, hoy me retrato bastante renegado conmigo mismo, porque sigo diciendo que no, y cada vez me veo más en la tesitura y posición de un auténtico pelele que se deja manejar como quiere por aquello que se ha propuesto recuperar, olvidando que él mismo también tiene un ápice de dignidad. No obstante, en estos temas tan difíciles de tratar, existe un contra abismal que viene reflejado muy bien en la pregunta que ronda mi cabeza todos los días. ¿Dónde está el límite entre dignidad y orgullo? Esa delgada línea cada vez me repugna más, por el simple hecho de que en la mayoría de su extensión, en tan suave como un soplo, como una nube, o como esa falsa sensación de expulsar nuestro aliento para imitar el humo que exhala alguien al fumar un cigarrillo.
 
    Harto ya, de leer de la misma propuesta a recuperar, que la gente no para de tratar mal con ella. Me desdoblo en un lado más cercano al ego y al narcisismo donde mi cabeza habla de justicia, y en otro más cercano a la reflexión que todos tenemos, más o menos oculto, en el que el pecho cree firmemente haber visto una pincela de eso a lo que llamamos karma. Y me reprimo, me reprimo repetidamente porque no me gusta esa sensación que se me queda al saber la noticia de que rompen una sonrisa que me importa tanto y no es la mía.
     Es por eso que me encuentro entre la espada y la pared al ver que estoy disponible, como esas farmacias que abren las veinticuatro horas del día para cualquier emergencia, y que sin embargo se me visita, cuando no queda más remedio, cuando en casa se está aburrido, y se baja al bar a hablar con los de siempre. Solo que yo, no soy un bar, soy una farmacia, que no cierra.
     A veces lo atribuyo al hecho de que yo en su día me dejé caer de la misma manera sobre sus rodillas, y lastimé aquello que no debí. Pero me irrita pensar que ahí había algo que salvar, estaba más que sabido, y ahora simplemente son vagas ilusiones en mi cabeza. Ecos del recuerdo que no pintan nada en la vida real, fuera de mi mente y mis ojos. <<No vale, es injusto>>. Me resigno a decir una y otra vez, pero nada. Sigo esperando callado y sin respirar muy fuerte, todo totalmente quieto a que pase eso que debería pasar, sin saber muy bien qué es, y me he fijado, que (al igual que decía alguien) solo pasa la vida. Y vuelven las preguntas, entre esa línea que se burla de mí, de la hablaba antes. O esa nueva ecuación en la que no consigo aclarar, que período de tiempo ha de transcurrir para estar más o menos en equidad moral, y que todo fluya como lo imagino.
 
     No lo niego, y reconozco que alguna vez he pensado pagar con la misma moneda a ver qué tal sienta. Pero me parece adoptar una actitud que no aportará nada bueno al asunto, y que no arrojará una buena posición hacia mi persona en este juego, en un tablero de ajedrez donde ambos contrincantes parecen haber perdido el norte de la partida, y ahora se dedican a tirarse las piezas a la cara, fuerte, para hacer daño, como críos.

     Amenazas, que a tal vez no van dirigidas hacia a mí, pero eso jamás lo sabré, un par de plantones, y algún que otro grito, me viene a la mente, sin querer evidenciar nada, solo soltándolo para desahogarme. Pero de entre todo lo que veo que me hace odiar un domingo en el que espero que el móvil se encienda para ver que alguien habla lo que más me molesta es que he llegado a la conclusión de que; "El amor que una persona afirma tener por otra, se viene abajo como un soufflé cuando, la primera erradica toda confianza en ésta última, hasta tal punto que da por sentado que su palabra no tiene ningún valor."
     Y ante eso, que resulta tan evidente y dañino como parece, yo ya no sé que pensar. Así que opto por mi mejor jugada posible, mientras me siguen lloviendo fichas blancas de ajedrez, no respirar muy fuerte, y esperar a que se te pase la pataleta, para volver a estar de cara al público en la farmacia.

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